Un mes en casa de mi abuela, entre adioses y temporales, entre aguacates y viejos amigos, entre los recuerdos y las esperanzas del mañana, me he hecho las preguntas más básicas y más existenciales de mi vida, quién soy, de dónde vengo, qué he hecho, a dónde voy, qué quiero, qué me gusta, qué no me gusta. Se han revolcado muchos sentimientos antiguos, y conversaciones pendientes con familiares y amigos. Solo sé decir que las cosas siempre están en continuo cambio, y que la energía nunca se destruye, sino que se transforma. Los comienzos siempre son buenos y siempre dan miedo, pero mejor es tener la resiliancia para darse cuenta que los viejos momentos nunca vuelve y que tampoco por más que lo pensemos esos recuerdos no son los mejores de la vida y mucho menos cuando una es joven.
Luego de esa suma y resta existencial esta entrada es más para reflexionar un poco críticamente (si queda algo en mi de eso) sobre los aguacates, las tormentas y las gente. Antes del dichoso temporal, estaba yo rodeada por gente que me dobla y me triplica la edad, y déjenme informarles que son pocos los que tienen conversaciones más interesantes que cualquier veinteañero. Además de los achaques y del WD-40 para la artritis, lo mejor que hacen es rezar, y una observación desde la distancia, me sorprende lo bien que la gente reza y lo mal que también lo hace. Muchos no saben lo que dicen y otros no lo hacen como se supone. Yo que en mi vida había rezado, me pareció bastante eficiente la rezadera, para reflexionar sobre lo que se vino a reflexionar. Pero es un espectáculo digno de contemplar, con todo lo que implica eso de no saberse los misterios y que se supone que digas después del otro.
En mi pueblo natal, todo y todos siguen igual que cuando los dejé hace ya más o menos 5 años, increíblemente después de pelearme tanto a mi misma por hacer lo inevitable y volver a ver gente que no veía fue refrescante, verlos bien fue gratificante, realmente lo digo. Especialmente la gente que aunque uno no lo pida ni lo merezca siempre han estado al pendiente de ti y de tus seres queridos, aquellos vecinos de siempre, que en las horas más inesperadas son los que te ayudan. El espectáculo del temporal fue uno extraño y estridente, los días sin luz siempre hacen que uno conozca mejor a la gente que vive con uno, así como el título del cuento "la noche que volvimos a ser gente" poco a poco salían temas que se han callado por épocas, y reconoces y aceptas las diferencias que te separan como persona particular de tu familia.
¿Y los aguacates pa' cuándo? como dirían mis amigos, pues debo decir que los aguacates para todos los días, unos mejores que otros igual que los días, compartidos en un plato exquisito o solitos con pan de bollo como le dicen acá. Los aguacate son para esta área del mundo una delicia temporera que nadie paga, en esta área del mundo se regalan, por bolsas, y se dejan madurar en el horno de la estufa como hace mi abuela. Reflejan ellos, no solo la buena voluntad de los vecinos, pero hasta las personalidades distintas de cada uno, igual que los aguacates, todos distintos. La gente deja en buen español la comemierdería para atracarse la maravillosa fruta verde y amarilla, felices, gratis, compartidos, anunciando temporales, los aguacates son como estos días en casa de mi abuela, una mezcla entre dulce y salado, entre líquido y solido, pero lo más importante es que como los aguacates estos días no los cambios y estos días van con todo.
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