viernes, 4 de septiembre de 2009

Cara de paso

Hago una plegaria invisible en medio de un tramo lluvioso con mis manos apretando hasta sentir un poco de ese dolor que siento en el interior. Casi siempre es en la carretera que veo las ánimas moverse al sonsoneo de las gotas de lluvia. Ahí los veo una sonrisa inmensa de una piel quemada por el sol ardiente, y siento que el corazón se me encoge y siento rabia. Rabia profunda como aquel que sabe que existe la injusticia, pero luego veo sus ojos y se ven tan ingenuos como los de aquel que no sabe que lo están oprimiendo, aquel que trabaja con el sol furioso sobre su cabeza y la brea ardiente bajo sus pies. Ese que vende lo que sea con tal de no pedir. Se vende dulces, plátanos, guineos, cocos, se venden periódicos, cilantro y retratos que enmarcan la necesidad, que enmarcan la injusticia hacia una gente sencilla.

Y veo el esfuerzo enorme de los que buscan una nueva oportunidad, los que prefieren estar ahí a estar en soledad. Gente que dentro si guardan secretos que la mayoría ignora, que los líderes ignoran, esa gente sabe más que cualquier sabio lo que se vive siendo ellos mismos. Me satura el ruido fuerte de todas las voces que no creen, en un nuevo amanecer, del que va por la vida sin detenerse a mirar a observar la realidad. Y ese ruido me acorrala, me mata, me produce sentir dolores físicos de pensar que nadie quiere hacer nada, pero me doy cuenta que no fue decisión propia, si no estrategia de aquel que le conviene que la gente no se una, que crea diferencias donde antes había igualdad.